jueves, 27 de agosto de 2015

TRÉLAZÉ, 1937.


Esta es la historia de un viaje que comenzó antes del propio viaje.  Como en todo, en el viajar cada persona tiene su propia filosofía, su forma de entenderlo. Ni mejor ni peor. Diferente. Y cuando alguien que nunca ha viajado de una manera concreta se propone cambiar sus esquemas, el viaje comienza desde esa emoción que se agarra a la boca del estómago cuando se ha decidido emprender esa intromisión en otras formas de pensar.

Nunca habíamos pisado un camping. No sabíamos lo emocionante que puede ser llevar la casa a cuestas y conducir un cacharro que, al principio, nos pareció inmenso para llevar por carretera y se nos hizo tan pequeño cuando el sueño apareció esa primera noche. No sabíamos que teníamos la necesidad de estar ese tiempo juntos. Pero lo descubrimos todo. Todo eso y mucho más. Una semana larga que se hizo muy corta. Tan corta que, cada vez que la recordamos, nos parece más corta y más falta nos hace volver a repetir.

Un viaje en etapas. Y en cada etapa, una historia. Con un final que no hubiéramos esperado por nada del mundo y que cerró la aventura volviéndola a abrir.

Salimos muy pronto. Con la autocaravana cargada hasta los topes, como si Francia fuera un desierto y tuviéramos que llevar provisiones para mucho más tiempo del planeado. Mis padres atrás con mi pequeña, mi marido conduciendo y yo de copiloto, cargada con el gps, mapas, guías y la misma emoción que cuando el autobús del colegio emprendía la ruta a una granja escuela o un campamento y decíamos adiós con la mano a nuestros padres. Me faltaba sacar la mano por la ventanilla y gritar "Adiooooooos" a todo el que se cruzara en mi camino.

Nuestro primer destino, Las Landas. Llegamos cansados y con ganas de salir de la autocaravana y estirar las piernas. El camping era enorme. Tanto que, para llevarnos a nuestra parcela, nos acompañó un empleado del mismo montado en su bicicleta. Aparcamos, bajamos e investigamos el entorno. Una inmensa duna se presentaba ante nuestros ojos e intuimos que detrás tenía que estar el mar. No nos dio tiempo a mucho más, las ganas de subir esa duna y descubrir lo que había detrás pudo con nosotros. Y lo que descubrimos nos dejó entusiasmados. Una playa sin principio ni fin visibles, unas olas enormes y un atardecer que nos dejó sin palabras. La arena a esas horas estaba fresca y nuestros pies, cansados del viaje, lo agradecieron.

Disfrutamos de dos días de playas increíbles, pero nuestro vehículo no estaba preparado para estar más tiempo estacionado. Nos quedaba mucho que recorrer y mucho más por descubrir.

Y descubrimos, ¡vaya si descubrimos! Lo primero, que en Saint Maló se pueden comer unas cazuelas de mejillones acompañados de patatas fritas que pueden convertirse, en un momento, en nuestro plato favorito. Aunque ese momento dure exactamente el tiempo que tarde el camarero en traer unos macarons de Chef Hector y entonces, ya sí,  tendremos nuestro bocado favorito. Descubrimos que un cementerio puede ser bellísimo y que las olas en las playas de Normandía no se limitan a ir y venir, sino que cuentan historias de soldados valientes y de guerras absurdas.

Descubrimos que el placer en un viaje como este puede encontrarse en las guías, los mapas y las indicaciones de la tablet. En las risas y las carcajadas hasta doblarnos en los asientos. En los cafés de nuestra Nespresso o en los Gin Tonic en una mesa de camping bajo el avance de la caravana. También en el "bonjour" en perfecto francés de mi hija nada más despertarse. En el Mont Saint Michel, en un área de servicio estudiando las rutas o perdidos en la carretera. Y es que lo mejor de estar perdidos es la atención que se presta a las indicaciones. Porque hay que estar atento cuando el camino quiere llevarte hacia tu propia historia.

Un letrero de la carretera, de repente: Trélazé. Muchas veces habíamos escuchado a mi abuela contar que a los pocos días de nacer, a su madre y a ella las embarcaron con destino Francia, como refugiadas de guerra. Tres largos años de los que conservaron una fotografía que su madre había enviado a su padre, en la que se podía leer "Trélazé 1937". Podíamos no haber encontrado nada, ningún recuerdo. Pero la suerte, o el destino, quisieron que diéramos con Antoine y que hiciese todo lo posible por entendernos, hasta poder hablar por teléfono con otro refugiado que no volvió y al que el castellano, ya casi olvidado, se le mezclaba con el francés y con la emoción de que, muchos años después, unos desconocidos le preguntasen por su historia, por sus recuerdos, por sus amigos y conocidos y no ansiaran más que escucharle.

Un año después tengo claro que volveré y que buscaré de nuevo a aquellas personas y que, en vez de salir deprisa hacia otros destinos que nos esperaban,  nos sentaremos y nos tomaremos ese café prometido y preguntaremos de nuevo y escucharemos todas esas historias de las que llevo sabiendo tanto tiempo. E iré acompañada de mi abuela, aunque ahora ella ese momento lo vea tan lejano.

5 comentarios:

  1. qué emocionante, qué maravilla!

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  2. Gracias Fran!! Lo escribí el año pasado, un año después de volver de nuestro viaje en autocaravana y un mes después de que la enfermedad de mi abuela hubiera comenzado. No lo había publicado hasta ahora, pero ayer lo encontré y lo publiqué en el blog. Un beso fuerte y gracias por tus comentarios. Siempre me hace mucha ilusión leerlos!!

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  3. Un viaje maravilloso, siento que no puedas volver con tu abuela, aunque no estoy tan segura de ello porque seguro que donde tú vayas ella te estará acompañando.
    Ojalá repitas el viaje y disfrutes mucho de él.
    Besos.

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    1. ¡¡Gracias Irene!! Sí, fue un viaje precioso. Y tienes razón, aun no la siento conmigo porque me parece imposible que no esté, pero seguro que me acompaña cada día. Un besazo guapa.

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